Es necesario ver el trabajo de los grandes maestros, y seguir sus enseñanzas, para alcanzar la cima tan ansiada.
Aquí les doy algunos consejos, extraídos, cómo no, de las personas que admiro del campo de la literatura, la ciencia, y el arte.
El legado de los Maestros
I
Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.
II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
FIN

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.”
Albert Einstein
Decálogo del perfecto cuentista
Horacio Quiroga
ANUNCIO
AUTOR: JUAN JOSE ARREOLA (MÉXICO)
Dondequiera que la presencia de la mujer es difícil, onerosa o perjudicial, ya sea en la alcoba del soltero, ya en el campo de concentración, el empleo de Plastisex©, es sumamente recomendable. El ejército y la marina, así como algunos directores de establecimientos penales y docentes, proporcionan a los reclusos el servicio de estas atractivas e higiénicas criaturas.
Ahora nos dirigimos a usted, dichoso o desafortunado en el amor. Le proponemos la mujer que ha soñado toda la vida: se maneja por medio de controles automáticos y está hecha de materiales sintéticos que reproducen a voluntad las características más superficiales o recónditas de la belleza femenina. Alta y delgada, menuda y redonda, rubia o morena, pelirroja o platinada: todas están en el mercado. Ponemos a su disposición un ejército de artistas plásticos, expertos en la cultura y el diseño, la pintura y el dibujo; hábiles artesanos del moldeado y el vaciado; técnicos en cibernética y electrónica, pueden desatar para usted una momia de la decimoctava dinastía o sacarle de la tina a la más rutilante estrella de cine, salpicada todavía por el agua y las sales del baño matinal.
Tenemos listas para ser enviadas todas las bellezas famosas del pasado y del presente, pero atendemos cualquier solicitud y fabricamos modelos especiales. Si los encantos de Madame Recamier no le bastan para olvidar a la que lo dejó plantado, envíenos fotografías, documentos, medidas, prendas de vestir y descripciones entusiastas. Ella quedará a sus órdenes mediante un tablero de controles no más difícil de manejar que los botones de un televisor.
Si usted quiere y dispone de recursos suficientes, ella puede tener ojos de esmeralda, de turquesa o de azabache legítimo, labios de coral o de rubí, dientes de perlas y... etcétera, etcétera. Nuestras damas son totalmente indeformables e inarrugables, conservan la suavidad de su tez y la turgencia de sus líneas, dicen que sí en todos los idiomas vivos y muertos de la tierra, cantan y se mueven al compás de los ritmos de moda. El rostro se presenta maquillado de acuerdo con los modelos originales, paro pueden hacerse toda clase de variantes, al gusto de cada quien, mediante los cosméticos apropiados.
La boca, las fosas nasales, la cara interna de los párpados y las demás regiones mucosas, están hechas con suavísima esponja saturada con sustancias nutritivas y estuosas, de viscosidad variable y con diferentes índices afrodisíacos y vitamínicos, extraídas de algas marinas y plantas medicinales. «Hay leche y miel bajo tu lengua...», dice el Cantar de los cantares. Usted puede emular los placeres de Salomón; haga una mixtura con leche de cabra y miel de avispas; llene con ella el depósito craneano de su Plastisex©, sazónela al oporto o al benedictine: sentirá que los ríos del paraíso fluyen a su boca en el largo beso alimenticio. (Hasta ahora, nos hemos reservado bajo patente el derecho de adaptar las glándulas mamarias como redomas de licor.)
Nuestras venus están garantizadas para un servicio perfecto de diez años -duración promedio de cualquier esposa-, salvo los casos en que sean sometidas a prácticas anormales de sadismo. Como en todas las de carne y hueso, su peso es rigurosamente específico y el noventa por ciento corresponde al agua que circula por las finísimas burbujas de su cuerpo esponjado, caldeada por un sistema venoso de calefacción eléctrica. Así se obtiene la ilusión perfecta del desplazamiento de los músculos bajo la piel, y el equilibrio hidrostático de las masas carnosas durante el movimiento. Cuando el termostato se lleva a un grado de temperatura febril, una tenue exudación salina aflora a la superficie cutánea. El agua no sólo cumple funciones físicas de plasticidad variable, sino también claramente fisiológicas e higiénicas: haciéndola fluir intensamente de dentro hacia fuera, asegura la limpieza rápida y completa de las Plastisex©.
Un armazón de magnesio, irrompible hasta en los más apasionados abrazos y finamente diseñado a partir del esqueleto humano, asegura con propiedad todos los movimientos y posiciones de la Plastisex©. Con un poco de práctica, se puede bailar, luchar, hacer ejercicios gimnásticos o acrobáticos y producir en su cuerpo reacciones de acogida o rechazo más o menos enérgicas. (Aunque sumisas, las Plastisex© son sumamente vigorosas, ya que están equipadas con un motor eléctrico de medio caballo de fuerza.)
Por lo que se refiere a la cabellera y demás vegetaciones pilosas, hemos logrado producir una fibra de acetato que tiene las características del pelaje femenino, y que lo supera en belleza, textura y elasticidad. ¿Es usted aficionado a los placeres del olfato? Sintonice entonces la escala de los olores. Desde el tenue aroma axilar hecho a base de sándalo y almizcle, hasta las más recias emanaciones de la mujer asoleada y deportiva: ácido butírico puro, o los más quintaesenciados productos de la perfumería moderna. Embriáguese a su gusto.
La gama olfativa se extiende naturalmente hasta el aliento, sí, porque nuestras venus respiran acompasada o agitadamente. Un regulador asegura la curva creciente de sus anhelos, desde el suspiro al gemido, mediante el ritmo controlable de sus canjes respiratorios. Automáticamente el corazón acompasa la fuerza y la velocidad de sus latidos...
En la rama de accesorios, la Plastisex© rivaliza en vestuario y ornato con el atuendo de las señoras más distinguidas. Desnuda, es sencillamente insuperable: púber o impúber, en la flor de la juventud o con todas las opulencias maduras del otoño, según el matiz peculiar de cada raza o mestizaje.
Para los amantes celosos, hemos superado el antiguo ideal del cinturón de castidad: un estuche de cuerpo entero que convierte a cada mujer en una fortaleza de acero inexpugnable. Y por lo que toca a la virginidad, cada Plastisex© va provista de un dispositivo que no puede violar más que usted mismo, el himen plástico que es un verdadero sello de garantía. Tan fiel al original, que al ser destruido se contrae sobre sí mismo y reproduce las excrecencias coralinas llamadas carúnculas mirtiformes.
Siguiendo la inflexible línea de ética comercial que nos hemos trazado, nos interesa denunciar los rumores, más o menos encubiertos, que algunos clientes neuróticos han hecho circular a propósito de nuestra venus. Se dice que hemos creado una mujer tan perfecta, que varios modelos, ardientemente amados por hombres solitarios, han quedado encinta y que otros sufren ciertos trastornos periódicos. Nada más falso. Aunque nuestro departamento de investigación trabaja a toda capacidad y con un presupuesto triplicado, no podemos jactamos todavía de haber librado a la mujer de tan graves servidumbres. Desgraciadamente, no es fácil desmentir con la misma energía la noticia publicada por un periódico irresponsable, acerca de que un joven inexperto murió asfixiado en brazos de una mujer de plástico. Sin negar la posibilidad de semejante accidente, afirmamos que sólo puede ocurrir en virtud de un imperdonable descuido.
El aspecto moral de nuestra industria ha sido hasta ahora insuficientemente interpretado. Junto a los sociólogos que nos alaban por haber asestado un duro golpe a la prostitución (en Marsella hay una casa a la que ya no podemos llamar de mala nota porque funciona exclusivamente a base de Plastisex©), hay otros que nos acusan de fomentar maniáticos afectados de infantilismo. Semejantes timoratos olvidan adrede las cualidades de nuestro invento, que lejos de limitarse al goce físico, asegura dilectos placeres intelectuales y estéticos a cada uno de los afortunados usuarios.
Como era de esperarse, las sectas religiosas han reaccionado de modo muy diverso ante el problema. Las iglesias más conservadoras siguen apoyando implacablemente el hábito de la abstinencia, y a lo sumo se limitan a calificar como pecado venial el que se comete en objeto inanimado (!). Pero una secta disidente de los mormones ha celebrado ya numerosos matrimonios entre progresistas caballeros humanos y encantadoras muñecas de material sintético. Aunque reservamos nuestra opinión acerca de esas uniones ilícitas para el vulgo, nos es muy grato participar que hasta el día de hoy todas han sido generalmente felices. Sólo en casos aislados algún esposo ha solicitado modificaciones o perfeccionamientos de detalle en su mujer, sin que se registre una sola sustitución que equivalga a divorcio. Es también frecuente el caso de clientes antiguamente casados que nos solicitan copias fieles de sus esposas (generalmente con algunos retoques), a fin de servirse de ellas sin traicionarlas en ocasiones de enfermedades graves o pasajeras, y durante ausencias prolongadas e involuntarias, que incluyen el abandono y la muerte.
Como objeto de goce, la Plastisex© debe ser empleada de modo mesurado y prudente, tal como la sabiduría popular aconseja respecto a nuestra compañera tradicional. Normalmente utilizado, su débito asegura la salud y el bienestar del hombre, cualquiera que sea su edad y complexión. Y por lo que se refiere a los gastos de inversión y mantenimiento, la Plastisex© se paga ella sola. Consume tanta electricidad como un refrigerador, se puede enchufar en cualquier contacto doméstico, y equipada con sus más valiosos aditamentos pronto resulta mucho más económica que una esposa común y corriente. Es inerte o activa, locuaz o silenciosa a voluntad, y se puede guardar en el closet.
Lejos de representar una amenaza para la sociedad, la venus Plastisex© resulta una aliada poderosa en la lucha por la restauración de los valores humanos. En vez de disminuirla engrandece y dignifica a la mujer, arrebatándole su papel de instrumento placentero, de sexófora, para emplear un término clásico. En lugar de mercancía deprimente, costosa o insalubre, nuestras prójimas se convertirán en seres capaces de desarrollar sus posibilidades creadoras hasta un alto grado de perfección.
Al popularizarse el uso de la Plastisex©, asistiremos a la eclosión del genio femenino, tan largamente esperada. Y las mujeres, libres ya de sus obligaciones tradicionalmente eróticas, instalarán para siempre en su belleza transitoria el puro reino del espíritu.
FIN
Y por último, les tengo algunos ejemplos del oficio de escribir.
EL NEGRO
AUTOR: FERNANDO MORALES (ARGENTINA)
Al negro lo agarramos en plena calle, mirando la vidriera de una joyería. Ante esta evidente tentativa de robo a mano armada (estoy seguro de que tenía un arma oculta entre sus ropas) no tuvimos más remedio que llevarlo detenido.
El juicio fue sumamente simple, como deberían ser todos los juicios. Nos sentamos sobre cajones de manzana, en el sótano de la comisaría. Lo incómodo de la situación garantizaba la brevedad del acto. Y para el acusado preparamos una serie de delitos que no dejaban lugar a dudas sobre su culpabilidad. Me puse de pie.
—Honorable Señor Juez: le hemos traído a este nnnegro —dije, mirándolo despectivamente— para que usted lo juzgue con toda equidad y luego lo condene.
—Ajá. ¿Qué hiciste, negro?
—Bueno, yo...
—¡Calláte! Y contesta: ¿qué hiciste?
—Nada, yo...
—¡Calláte! ¿Qué hizo, agente?
—Lo sorprendimos siendo negro, Usía. Se paseaba por las calles imitando el modo de caminar de las personas. Hablaba como persona, se reía como persona, lloraba como persona. Y además se lo acusa de robo a mano armada en una joyería; robo con agravantes: asesinato del joyero, la mujer del joyero y dos hijos pequeños del matrimonio de joyeros —lancé un sollozo desconsolado ante tanto horror.
—Suficiente. Que lo ejecuten.
Me acerqué y le hablé al oído.
—Esteee... hay que guardar las apariencias, Usía. Usted sabe cómo es la gente.
El honorable señor juez me miró.
—Sí, es verdad —dijo—. Decime negro: ¿qué hacías mezclado con la gente?
—Pero si yo...
—¡Calláte! ¿qué hacía este negro mezclado con las personas, agente?
Me encogí de hombros.
—Lo de siempre, Usía: intrigando, ofendiendo a la sociedad, incitando a la rebelión, violando ancianas inválidas, comiéndose uno que otro niño blanco, agrediendo a las...
—Suficiente. Que lo ejecuten.
—Usía, yo...
—Vos nada. Vos te callás. Agente: a fuego lento, por favor.
—¡Quiero hablar, carajo!
—¡Calláte, negro! Dentro de media hora tengo una reunión con los muchachos del Klub. Si te dejo hablar no me voy más. Hágase cargo, agente.
Tomé al negro del brazo. Estaba pálido. Seguramente no se sentía bien. Tal vez había comido algo que la cayó mal, qué sé yo. Se volvió hacia mí temblando.
—Por favor... haga algo...
—Cómo no —dije. Y le di un cachiporrazo en el ojo.
&&&
Caminábamos por los pasillos del penal rumbo a la celda.
—A mí me habían dicho que en este país reina la democracia.
—¿Quién lo duda? Un negro puede elegir cómo morir. Pero —reflexioné un momento— no trates de confundirme: ¿qué tienen que ver los negros con la democracia? Un negro es una cosa que está ahí y de repente ya no está. "¿Adónde se fue el negro que estaba ahí?", se pregunta uno sorprendido; mira hacia todos lados y recién cuando mira hacia abajo ve al negro todo desparramado en el suelo con un agujero en la frente. ¿Es un agujero congénito? ¿Es el tercer ojo de los tibetanos? No señor, es un agujero de bala. "Ah, aquí está el negro que estaba ahí", dice uno y se olvida del asunto. ¿Ha ocurrido un suceso trascendental en el mundo? ¿Se ha vestido de luto algún país? No. Simplemente un negro ha cambiado de posición. —El negro me miraba horrorizado.
—¡Pero yo vivo, soy un ser viviente!
Me enfurecí.
—¿Estás insinuando que la policía no sabe lo que hace?
—No... yo sólo...
—Para que sepas, negro, las fuerzas del orden no dan abasto. Yo tengo un cupo diario de negros: si quieren más que me paguen horas extra. —El negro se puso a llorar; se golpeaba la cabeza contra la pared, gritaba cosas acerca de la vida y la justicia. Parecía loco.
—Oye, ¿estás loco? —dije dándole con la cachiporra en la nuca para calmarlo. Quizás no debí hacerlo: lanzó un quejido ahogado y se cayó al piso. Le di una patada en las costillas.
—¡Vamos! No es hora de dormir, negro desfachatado.
No parecía tener la más mínima intención de reaccionar, así es que lo flexioné convenientemente y lo até con toda meticulosidad hasta darle forma de pelota. Después se lo presté a los muchachos del penal para que jugaran al fútbol.
Soy un sentimental. Quizás fue por eso que me decidí a visitar al negro —o lo que quedaba de él— en la enfermería del penal. Pobre negro. Tenía todas las costillas quebradas, fracturas en las tibias y peronés, traumatismo de cráneo, conmoción cerebral y tal cantidad de moretones y magulladuras que empecé a sospechar que su estado físico no era óptimo. Me acerqué y tras mirarlo un momento deduje que el hombro derecho debía ser esa masa informe que asomaba por debajo de la rodilla izquierda. Acerté. Lo palmée en el hombro.
—Se te ve pálido, negro —dije, por decir algo. En algún lugar tenía la boca. Por ahí salió un balbuceo.
—E... estoy con... contento. Hi... hice trrrre... tres go... les.
—Bueno, no está del todo mal considerando que es la primera vez que juegas de pelota. —El negro se quedó un momento en silencio. Tanto, que creí que se había muerto; pero la experiencia me ha enseñado que los negros no se mueren si uno no les tiende una mano. Volví a palmearlo.
—Bueno, negro. A curarse rápido que no es cuestión de morir enfermo. Mira que estás condenado a muerte, y no hay nada más desagradable que un cadáver desprolijo.
El negro dijo jaja y volvió a quedar en silencio. Qué cínico. Seguro que ni tenía ganas de reírse
&&&
El sacerdote le explicó cómo era el Reino del Señor, lo bien que se estaba allí y el status espiritual que eso significaba. Le explicó que hay otra vida después de ésta, lo que horrorizó al negro, que dijo "¡Como! ¿Otra más?" Y también le explicó que todos los ángeles y los serafines y los querubines que anduvieran por ahí saldrían a recibirlo a la puerta y sonarían gloriosas las trompetas y Pedro el portero diría muchas palabras difíciles terminadas en mente y en ados adecuadas para la ocasión y que por fin entraría al Cielo de los Negros y sería feliz. ¿Y todo por cuánto? Por sólo veintitrés Padrenuestros y cuarenta Avemarías pagaderos de la siguiente forma: once Padrenuestros y diecinueve Avemarías al contado en el momento de suscribir el contrato y el saldo en cómodas cuotas mensuales y consecutivas con el veintidós por ciento de interés.
Para el negro no estaba muy claro eso del alma y los serafines y las trompetas; sí sabía que tenía frío y hambre y ganas de seguir viviendo. Todo lo demás era un gran lío. Cuando pudo cortar el aluvión de palabras dijo, angustiado:
—Padre, yo no entiendo nada de esa otra vida, ¿por qué no hace algo para que no me maten en ésta?
El cura quedó un momento en silencio. Se repantigó en el sillón, encendió un habano y sin sacárselo de la boca dijo:
—Hijo negro: yo me ocupo de las almas, de los cuerpos se encarga la sociedad. —Y abrió los brazos como diciendo "en fin".
A la mañana siguiente llegó el indulto para el negro. Con el cabo no estuvimos de acuerdo, así es que lo hicimos un bollo y lo tiramos al cesto. De cualquier manera, para estar prevenidos, el cabo se disfrazó de viejita simpática y le pidió un autógrafo, a lo que el negro accedió gustoso. Fue así como conseguimos un contraindulto, manifestando que en ningún caso aceptaría que se le devolviera la libertad que estaba muy lejos de merecer. Cuando se enteró de lo que había firmado se quiso morir. Aprovechamos la ocasión para sugerirle que se suicidara. Pero no quiso.
De ahí en más los acontecimientos se precipitaron. Un intento de fuga fue premiado con una ráfaga de ametralladora que dejó paralítico al negro. Después arremetió con la silla de ruedas contra el muro del penal con la esperanza de derribarlo. Esta tentativa infructuosa dejó como saldo:
a) Un brazo amputado.
b) Un ojo insubordinado.
c) Siete tumores malignos que le afectaron el habla, la visión del ojo sano y los nervios.
d) Un injusto resentimiento contra la policía.
Ya no volvió a intentar fugarse. Ante tan recomendable proceder el director del penal en persona le hizo entrega de una medalla.
En su última semana de vida el negro era una lágrima, un suspiro, una gran melancolía color chocolate. La Comisión de Alegramiento ideó mil juegos para distraerlo: El Paralítico Lanzado a la Distancia. El Cieguito Molido a Patadas. La Sillita Voladora de la Ventana del Primer Piso al Patio. Pero todo fue inútil. El negro languidecía como una lechuga al sol. Ya no sonreía como antes, ya no era el mismo. La vida lo había golpeado duramente. La vida es una cachiporra.
—Estás viejo, negro —le dije. No me escuchó: estaba sordo. No respondió: estaba mudo. No hizo un solo gesto, ni un ademán: estaba paralítico. Era una calamidad. Uno de esos malditos hipocondríacos a los que todo les sirve de excusa para sentirse mal. Le apoyé una mano sobre el hombro, y cuando se acercó la Comisión de Despenamiento di vuelta la cara. Sonó el primer disparo. Una lágrima rodó por la mejilla. Soy un sentimental.
Lo enterramos en medio de un grave silencio. Todo el penal estaba allí, rogando por su eterno descanso. Pregunté qué era aquello. Un preso que llevaba la Biblia a todas partes me explicó que cuando un negro bueno muere su alma sube al cielo y su cuerpo descansa en la tierra por toda la eternidad.
El cabo se disfrazó de angelito, pero sin éxito. Así que con respecto al alma no se pudo hacer nada. Al cuerpo lo desenterramos todas las tardes, a las cinco y le damos una paliza de novela.
Hace unos meses llegó a mi bandeja de correo uno de esos chistes de internet. Yo lo abrí, porque era de un compañero de colegio, y no era cuestión de borrarlo simplemente. Mi amigo era conocido por su gran sentido del humor. Y encontré el guión de una contestadora que hacía de las suyas parodiando (o parafraseando) las diversas afecciones del subconciente de la persona.
Mi primer impulso fue guardarlo; el segundo, encontrar a toda costa una voz femenina para darle cuerpo al chiste. Y pasó mucho tiempo, tanto, que cuando encontré a Lizbeth Acosta, ya casi había perdido toda esperanza. Pero dicen que los milagros son extraordinarios precisamente porque suceden. Y sucedió.
Aquí les ofrezco este gran hallazgo, fruto de la espera y de una fe ciega en la potencialidad humana.

Esta es la contestadora del Instituto de Salud Mental, la compañía más sana para sus momentos de mayor locura.
Si usted es obsesivo-compulsivo, presione repetidamente el número 1;
si usted es codependiente, pídale a alguien que presione por usted el número 2;
si usted tiene múltiples personalidades, presione el 3, el 4, el 5 y el 6;
si usted es paranoico, nosotros ya sabemos quién es usted, sabemos lo que hace y sabemos lo que quiere, de modo que espere en línea, mientras rastreamos su llamada;
si usted sufre alucinaciones, presione el 7 en ese teléfono gigante de colores que usted, y sólo usted, ve a su derecha;
si usted es esquizofrénico, escuche cuidadosamente, y una pequeña voz interior le indicará qué número presionar…
si usted es depresivo, no importa qué número marque, nada conseguirá sacarlo de su lamentable situación…
si usted sufre de amnesia, presione el 8, y diga en voz alta su nombre, dirección, DNI, fecha de nacimiento, estado civil, y el apellido de soltera de su abuela;
si usted sufre de indecisión, deje el mensaje después de escuchar el tono, o antes del tono, o después del tono, o durante el tono, en todo caso, espere el tono;
si sufre de pérdida de la memoria a corto plazo, presione el 9,
si sufre de pérdida de la memoria a corto plazo, presione el 9,
si sufre de pérdida de la memoria a corto plazo, presione el 9.
Si tiene la autoestima baja, por favor, cuelgue, todos nuestros operadores están atendiendo a personas más importantes que usted…
Si usted está en contra del desarrollo del país, por favor, cuelgue. Aquí atendemos locos, no imbéciles.

Cuando un ensayo es divertido...
En una de mis clases de locución, dos de mis ex alumnas, María Pía y Verónica, grandes amigas, tienen por tarea desarrollar una entrevista a Gastón Acurio. Una de ellas es la entrevistadora, y la otra asume el rol de Gastón. El error al inicio da cuenta de la inocencia de las chicas, tan sencillas como encantadoras. Para no perderlo.
"Esta es la contestadora del Instituto de Salud Mental..."